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Crítica a la terapia psicoanalítica

 

El Psicoanálisis perjudicial

 

En este artículo se presentan algunas ideas que explican porqué el psicoanálisis no es la terapia profunda que pretende ser y  porqué en muchos casos resulta verdaderamente

perjudicial.

 

“El libro negro del psicoanálisis” que publicó recientemente en Argentina Editorial Sudamericana reúne los trabajos de más de cuarenta especialistas que afirman que la teoría freudiana se ha convertido en marginal en cualquier lugar del mundo y que solo se sostiene en unos pocos países. Una pregunta que desliza el libro nos incumbe: ¿Tendrán razón Francia y la Argentina, solas, en contra del resto del mundo?.

En nuestro país está claro que posiblemente aún hoy, esté asociada la idea de la terapia con un psicoanalista y su diván; a pesar de conocer de antemano que la empresa demandará mucho tiempo y dinero.

¿Cuál sería actualmente, con la variedad de terapias posibles, la razón para elegir al psicoanálisis?.

Un psicoanalista dirá casi con seguridad que es verdad que su propuesta demanda más tiempo, más dinero y esfuerzo, pero que como compensación el resultado terapéutico será profundo y duradero. Ahora bien, las pruebas que podría presentar son ese enunciado. No podría aportar estudios de investigación ni experimentos que lo avalen, ni ningún dato concreto que otro especialista pudiera constatar o invalidar. Solo habría que creer en su palabra y creer en lo que él dice que pasa en la privacidad de su consultorio (que es muy privado).

En las terapias psicoanalíticas no se trabaja con coterapeutas ni se usa cámara gesell ni son grabadas las sesiones en video o en cintas, como sí ocurre con cualquier terapia moderna. De hecho la forma de enseñanza y transmisión es únicamente a través de la palabra y de los escritos de los especialistas. En las supervisiones de los tratamientos por ejemplo, se trabaja con el relato que el analista aprendiz le expone al especialista quien a su vez le devuelve su propia visión del relato. Que es otro relato!

Es decir, lo que realmente se dijo y se hizo queda soslayado; son solo dos analistas hablando entre si. Dos relatos y la teoría psicoanalítica y la fe de que ambos estén siendo honestos.

Se sobreentiende que en un sistema tan cerrado el resultado final es siempre el fortalecimiento de la propia teoría.

Por otra parte, la teoría psicoanalítica tiene una particularidad, y es que parece ser irrefutable: si se le reclama falta de resultados seguramente se trata de resistencia, o de una indeseada “reacción terapéutica negativa” (una definición excelente para cuando los resultados no son los esperados o son peores) o aún se trata de un masoquismo incorregiblemente arraigado.

Si el paciente descree de nuestras interpretaciones hay que darle tiempo, repitiéndoselas pacientemente una y otra vez, las va a aceptar. Convengamos que una situación así se acerca más a la sugestión que a la búsqueda de alguna verdad oculta en algún lugar. Lo cierto es que las posibles explicaciones de los contenidos inconcientes son infinitas; por ello la cantidad de distintas escuelas que se han desarrollado.

Además, el solo hecho de exhibir un resultado satisfactorio pero que demandó años de terapia y miles de pesos en honorarios debería cuestionar por si solo la teoría. Un estado de cosas tal no podría sostenerse en casi ninguna otra profesión.

¿Por qué este tipo de tratamiento demanda tanto tiempo? La primera respuesta es: porque no existe un objetivo a cumplir bien explicitado y consensuado entre terapeuta y paciente, y por los supuestos básicos que dirigen la terapia.

Cuando alguien comienza un análisis se le indica, como regla fundamental para solucionar sus problemas que asocie libremente sus ideas y que diga lo primero que se le ocurra sin un fin predeterminado. De esa forma se espera desentrañar lo oculto detrás de las palabras, lo inconciente. El paciente, que consulta porque no la está pasando bien y está seguramente un poco desorientado, es entrenado poco a poco para hablar sin una meta fija, sin un objetivo claro a cumplir. Se lo desvía paulatinamente de las cosas que debería hacer para mejorar con la excelente excusa de que está trabajando activamente para ello.

Lo que quiere lograr con la terapia se desestima de entrada; una de las premisas en realidad, es que el paciente no sabe lo que quiere, ni siquiera sabe lo que dice, de lo contrario no haría falta un analista para traducirlo.

Entonces ¿Cuál es el logro mínimo que se quiere alcanzar? ¿El logro máximo? ¿Qué es lo que se quiere cambiar? ¿Cómo nos daremos cuenta si alcanzamos la meta? Estas son algunas de las preguntas que no se piensan.

El psicoanalista ofrece sin que el paciente se entere –lo que la transforma en una oferta segura- analizarle la vida desde principio a fin. Es por tu bien.

En verdad en todas las terapias es ofrecido lo que la teoría permite o indica que es lo mejor, y no siempre el paciente sabe con exactitud los pasos que se van a seguir; eso no está en discusión, pero si la orientación teórica me obliga a extender el tratamiento en el tiempo debería informar la cantidad de años que voy a necesitar para llevar adelante semejante análisis, o por lo menos un rango aproximado, que el analista diga por ejemplo entre cinco y veinte años, tal vez veinticinco años, o lo suyo es de por vida. Suena mejor hablar de profundidad.

Además el analista cree que debe dejar que el paciente se exprese libremente antes que influir sobre él, que es percibido de forma muy negativa. Entonces no dirige lo que ocurre en la sesión ni se responsabiliza si el paciente no mejora. Al no poder influir no controla lo que pasa en su propio consultorio.

Pero se sabe que siempre influimos sobre otras personas, de lo que se trata en realidad es de estar advertidos y responsabilizarnos por ello.

Entonces ocurre que el paciente habla sin rumbo y asume (influido por el terapeuta!) que el problema está dentro de su psique, originado en su infancia. La situación en la que vive no se toma en cuenta y entonces queda impedida cualquier posibilidad de cambio ya que el presente es el único terreno donde verdaderamente podemos modificar algo.

No es difícil darse cuenta que en estas condiciones lograr resultados a corto o mediano plazo es casi un milagro.

La no deseada influencia del terapeuta sin embargo se hace notar en el lenguaje netamente psicoanalítico que los pacientes aprenden trabajosamente durante la terapia y que luego usan cotidianamente; también en que están demasiado pendientes de sus propios pensamientos y emociones, inclinados más hacia la reflexión que hacia la acción y en que desarrollan una dependencia excesiva del terapeuta, que se transforma en el único que puede traducir lo inconciente enigmático que gobierna sus vidas; si les pasa algo entre sesiones deben esperar a asociar libremente en terapia y que el analista les diga de que se trata. Imposible pensar en una influencia mayor!

Además en general los pacientes analizados desarrollan una compulsión por las interpretaciones de los acontecimientos, ya que la casualidad para esta teoría, siempre significa algo. No hay lugar para el azar o la sincera equivocación.

Lo cierto es que uno se puede mantener mucho tiempo en análisis simplemente porque espera ese resultado que tarda tanto en llegar pero que, confiado por el aura de experto del analista, descuenta que ocurrirá. Bueno, a veces no ocurre nunca.

Por otro lado una larga espera no solo tiene como resultado negativo el sufrimiento innecesario. La vida del paciente no se detiene, y si no pudo resolver aquello por lo que consultó, a medida que siga pasando el tiempo se le van a ir apilando problemas. Va a conseguir un nuevo trabajo o lo va a perder, se va a mudar, va a nacer su primer hijo, el segundo, el primero va a empezar la escuela, se va a hacer adolescente, etcétera, etcétera, etcétera. Y mientras tanto aún no pudo definir si a su madre la odiaba o la amaba con locura. Como el discurso pasivo que aprendió el paciente no tiene rumbo, esos acontecimientos son necesariamente incluidos en la terapia pero utilizados como una metáfora de lo pasado. Es decir, que no los modifica, los sufre y los explica.

El tiempo excesivo genera además la cristalización de lo que se denomina en terapia familiar el paciente identificado, que durante el tiempo que dura el tratamiento se convierte en el único chivo emisario de la familia.

Los conflictos interpersonales quedan congelados en el tiempo que dura la terapia individual para resurgir ante cualquier hecho que modifique la patológica homeostasis, es decir, la rigidez de las pautas que impiden cualquier cambio.

Creo que las terapias actuales están más centradas en el cambio, se preocupan más por lograrlo y en estudiar como sucede. El cambio en la vida de la gente que sufre se impone, y uno como terapeuta debería aliarse al paciente para perseguir ese fin. No sirve concentrarse en innumerables ideas y acontecimientos irrelevantes ni discernir el pasado inmodificable. La gente cambia mediante trabajo y esfuerzo, desafiando y cuestionando activamente sus pensamientos y conductas básicas. Modificando su entorno.

De parte de los psicoanalistas habitualmente se escucha que centrarse en cambiar lo que no funciona es propiciar la servil adaptación de la persona a la sociedad y la readaptación a ideales sociales de consumo; pero paradójicamente uno de los remedios que parecen haber encontrado es lograr mediante la eterna introspección sacar a la persona de circulación; ¿de esa manera le evitan el sufrimiento de vivir en sociedad?.

Tiene que quedar claro que para sentirse mejor las personas deben cambiar algo y deben trabajar en eso. Los terapeutas tenemos la obligación de proveer las herramientas para que ese cambio se expanda más allá del consultorio, sin necesidad de nuestra presencia.

¿Qué pasaría si descubrimos que un síntoma se mantiene, simplemente? Que se hizo habitual y no tiene ningún fin determinado, ni porta ningún mensaje inconciente. Es puro sufrimiento absurdo. Esta simple pregunta puede desbaratar años de análisis. Espero que así suceda.  

 

Lic. Roberto Melchiorre.

 

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