La culpa desde una visión relacional
Sentimientos de Culpa Inconcientes (o no tanto)
Mantener una visión individualista e intrapsíquica de un sentimiento como la culpa, que necesariamente incluye a otros, genera puntos de vista estrechos y en consecuencia terapias ineficaces. |
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Repetidos fracasos en ámbitos como el laboral o el escolar, o impasses dentro de los mismos tratamientos son en ocasiones explicados por la presencia en el paciente de sentimientos inconcientes de culpa que derivan en una oculta necesidad de castigo; para quien se siente culpable, se especula, el éxito está vedado.
Según la teoría psicoanalítica nuestra conciencia moral calcula y mide todas nuestras acciones como lo haría un observador ajeno, y observa críticamente lo que deseamos o pensamos. No hace falta haber hecho algo malo para sentirse culpable, basta simplemente con haberlo deseado. En general se trata de agresión contenida y la solución residiría en hacerla conciente para no tener que fracasar como una forma de expiar deseos inconfesables. Esta explicación tiene un serio inconveniente: es artificialmente individual.
Solamente incluyendo el contexto en el que se desarrollan los hechos, nuestra perspectiva puede cambiar radicalmente y por ende también la solución a intentar. Ya no resultará necesario encapsular lo que ocurre dentro de la psique individual y el tratamiento entonces podrá incluir a todos los que participan del problema para así lograr una mayor eficacia. Imaginemos una situación bastante típica. Un adolescente llega al período en el que tiene que empezar a desprenderse de sus padres pero ellos están mezclados desde hace años en una solapada pelea que nunca terminan de expresarse abiertamente, y aunque no lo puedan admitir han escapado al conflicto abierto centrando la atención en el hijo.
Sienten el inminente cambio como una amenaza a su precaria estabilidad y si ahora no pueden contar con esa mediación las diferencias tan temidas se podrían materializar. La emprenden entonces contra el adolescente socavando su autonomía. Las peleas entre ambas generaciones se suceden sin tregua, hasta que quedan dos bandos bien establecidos, de un lado los padres y del otro el hijo; la guerra declarada. El adolescente además, centrándose en este conflicto demora la salida y así evita el dolor y la responsabilidad de madurar.
Los sentimientos comienzan a hervir en una espiral que crece día a día y se instala el temor a no poder controlar un odio tan intenso. En ese preciso momento el adolescente comienza a fracasar en sus estudios o en su trabajo y le surgen algunos síntomas molestos. La familia decide que hay que consultar a un especialista. Supongamos ahora que el adolescente comienza una terapia individual de varios años de duración y que descubre, luego de un arduo trabajo de análisis, un odio inconciente hacia sus padres que le impide progresar y que es pesquisado hasta la infancia. Entonces se lo impulsa a descubrir este odio, a hablar sobre ello y a expresarlo. Pero ocurre que la expresión abierta de la agresión solo consigue que los dos bandos se estrechen aún más y que las pautas de comunicación se hagan cada vez más rígidas: el adolescente (ya a esta altura tardío) se siente atacado y expresa su odio, y los padres, que quieren controlar a su hijo devuelven el golpe y lo atacan aún más. La supuesta culpa pasó de manos, del inconciente del adolescente a sus padres, reforzado además porque la terapia se centra en el pasado y en esa época los padres eran responsables por el niño: A + B = La culpa tiene nuevo dueño. ¿Qué sucedió además en todo el período que duró el tratamiento? Simplemente que el hijo se convirtió en el portador de los conflictos familiares con la etiqueta de “paciente en tratamiento”, y mientras tanto las diferencias entre los padres continuaron sin hallar solución. Es decir que la estructura de la situación continuó inmodificada (en realidad debido al recrudecimiento de las peleas empeoró).
El único saldo positivo para el hijo es el relativo alivio de haber hablado con un especialista y de sentirse escuchado; para los padres, la tranquilidad de estar haciendo algo, aunque no de resultado. Muy poco para compensar tanto sufrimiento. El adolescente en todo este período, por haberse centrado en sus propios pensamientos y fantasías, evitó oportunamente cualquier cambio y siguió enredado con su familia sin poder despegar. Los fracasos en la escuela o el trabajo y los síntomas tenían en realidad esa finalidad: seguir involucrado con la familia. Inadvertidamente aprovechó él también la inercia hacia la inmovilidad. La finalidad de las terapias psicodinámicas es liberar al individuo de las represiones históricas de sus partes “oscuras”, por lo que tienden a ver oculto en la gente temores, odios y deseos incestuosos inconfesables e infantiles.
Resulta difícil en estas condiciones adoptar un enfoque positivo y centrado en la solución. ¿Qué pasaría si dejáramos de buscar cosas ocultas y simplemente pensáramos que en el inconciente la gente posee los recursos necesarios para progresar y que simplemente no han podido desarrollarlos hasta el momento? ¿Y si pensáramos que ese inconciente está formado por fuerzas positivas? Por ejemplo en este caso podríamos suponer que no se trata tanto de ira reprimida sino de genuino amor, y en lugar de entrever sentimientos inconcientes de culpa y agresión ver la presencia de una verdadera preocupación por el otro. Es decir, que para aliviar el conflicto entre los padres y por amor a ellos, el adolescente se sometió a tratamiento y aceptó ser el chivo emisario.
Los padres tampoco resuelven sus diferencias por el amor que se dispensan y temen que el conflicto abierto descontrole la situación. Además se centran en el adolescente por genuina preocupación. Esta visión puede o no ser verdadera pero sin dudas resulta más terapéutica. No se trata de ver bandos en pugna ni de tomar partido por uno o por otro, sino de entender que se trata de un grupo de personas unidas por profundos lazos que están atascados en un momento de su desarrollo. La familia atraviesa una crisis vital.
El éxito y alejamiento del hijo hubiera significado la imperiosa necesidad de emprender una reorganización, con nuevos ordenamientos jerárquicos y nuevas pautas de comunicación, para las que no estaban preparados. La terapia tiene como fin modificar la estructura familiar para facilitarles el pasaje a la siguiente etapa (ningún odio inconsciente e infantil). No hacen falta años de descubrimiento profundo para entender que los deseos circulan entre las personas, nunca en forma aislada. Y mas allá de las crisis vitales en todas las familias hay “territorios” demarcados de acciones permitidas y prohibidas, quien traspase estos límites imaginarios encontrará una fuerte presión, y la culpa también se presenta como una suerte de atadura invisible que retiene a quien intenta cambiar la estructura familiar. Se tratará en estos casos de lograr una mayor flexibilidad.
En la familia, en sus relaciones, podemos ubicar lo que nos hace sentir mal y, aunque a veces lo olvidamos, aquello que nos hace felices. Las soluciones están ahí en la superficie, a la vista de todos.
Lic. Roberto Melchiorre.